A once años del primer Ni Una Menos, seguimos marchando por las que ya no están.
Por Giuliana Caivano
Hace un tiempo me junté con amigas, algo que sucede con bastante frecuencia. Al terminar la noche, cada una volvió a su casa y quedamos en avisarnos cuando llegáramos, los minutos pasaban y una de ellas no avisaba.
Sí, claro que si escribo esto es porque soy mujer, y sí, claro que tenemos naturalizado que hasta que cada una no está en su casa no estamos tranquilas. Felizmente para nosotras, esa amiga solo había olvidado avisar.
Pero no todas vuelven. Nos faltan muchas pibas y el femicidio de Agostina nos paralizó, una vez más.
Según los distintos relevamientos, en Argentina ocurre aproximadamente un femicidio cada 30 horas. Detrás de cada número hay una mujer que ya no volvió a su casa, una familia atravesada por el dolor y una justicia que sigue llegando tarde.
Pienso en aquel 3 de junio de 2015. Salí del colegio y fui a la primera marcha masiva de Ni Una Menos. Sentimos la necesidad de salir a las calles a pedir que paren de matarnos. Ese día sentí varias emociones juntas, pese a que todavía nos quieran convencer de que las mujeres tenemos rivalidades, competimos entre nosotras, nos sacamos el cuero y nos tenemos envidia.
Ese día volví extasiada de toda esa energía femenina. Pensé en mi mamá, quien siempre, y siempre es siempre, trató de explicarme el mundo a su manera. Me habló hasta el cansancio de los cuidados que tenía que tener, de los riesgos que a veces ni siquiera vemos venir. Me enseñó a desconfiar cuando algo no cerraba, a estar alerta.
¿A quién de nosotras no le dijeron o gritaron obscenidades en la calle? Si estás sola, muchas veces seguís caminando y mirás para otro lado. Si estás acompañada y te sentís un poco más segura, quizás respondés algo. No importa qué hagas. Se ríen, te insultan o te llaman loca. Y ese es justamente el problema, dónde termina una agresión y empieza otra. Cuando una situación que parece “menor” deja de serlo. Porque a veces la violencia no avisa cuando empieza a escalar.
No pienso que todas las mujeres vivamos lo mismo. Pienso que todas recordamos alguna situación que nos hizo tener miedo, cambiar de vereda por las dudas, fingir en un remis que hablamos por alguien que nos espera en casa o mirar hacia atrás mientras acelaramos el paso.
A posteriori, en cada marcha en la que participé, las emociones eran las mismas, caminamos con la piel erizada, leemos pancartas, vemos fotos de muchas chicas que ya no están y a sus familiares pidiendo justicia. Ayer marchamos por Chiara, Candela, Úrsula o Micaela. Hoy lo hacemos por Agostina, Dulce y Noelia. Mañana puede ser por cualquiera de nosotras.
Durante mucho tiempo muchas de nosotras intentamos corrernos un poco. Bajar el tono. No parecer exageradas. No incomodar demasiado. Porque a las mujeres que ponen límites, que dicen lo que sienten, que señalan las injusticias o que se enojan, muchas veces las tildan de conflictivas, intensas o avasallantes. Alguna vez pensé que quizás insistíamos demasiado. Pero después aparecen casos como el de Agostina y entiendo que el problema nunca fue que habláramos mucho.
Por eso hoy tenemos que volver a tomar las calles. No porque disfrutemos llevar fotos de mujeres asesinadas o gritar nombres de chicas que deberían estar celebrando sus cumpleaños, trabajando, estudiando, volviendo a sus casas, o cambiando los planes a último momento para ir a donde se les dé la gana.
Once años después del primer Ni Una Menos, seguimos reclamando lo mismo: el derecho básico a vivir.
Nos vemos hoy. Ni Una Menos.


